Pasión de multitudes
Innovador y carismático, fue uno de los más originales intérpretes del tango, que con su arte incomparable y su avasallante personalidad, logró insospechados niveles de adhesión popular. Figura cumbre en la radio y en el cine, ídolo indiscutido de su tiempo, “el cantor de los cien barrios porteños” dibujó una huella que marcó una época. En un nuevo aniversario de su partida definitiva, vida y derrotero de un artista diferente.
Nació con el nombre de Alberto De Luca en el barrio de Floresta, un 7 de diciembre de 1914, hijo de Salvador De Luca y Lucía De Paola, y murió un 23 de julio, hace apenas cinco años. En la memoria colectiva es “el cantor de los cien barrios porteños”.
Parece que la vocación del canto le brotó temprano, cuando de pibe canturreaba tangos en la esquina para la barra de amigos mayores, pero fue en 1934 que decidió lanzarse al ruedo con el nombre de Alberto Dual, secundado por el guitarrista Armando Neira y en los años siguientes nada menos que por los conjuntos de Julio De Caro, Augusto Berto y Mariano Rodas.
Para cumplir un viejo sueño de sus padres estudió medicina, carrera que estaba por terminar cuando lo escuchó Ricardo Tanturi, a cuya orquesta (“Los Indios”) se unió con entusiasmo.
De Luca se graduó de médico y en enero del ‘41 apareció la primera grabación de la Típica “Los Indios” con la voz de Alberto Castillo, seudónimo recién adoptado por el debutante cantor a instancias del empresario Pablo Osvaldo Valle. La pieza fue el vals “Recuerdo”, que se convirtió en un gran éxito de ventas.
Alcanzó éxito y continuidad en la radiofonía, que lo tuvo como uno de sus principales animadores en programas como los patrocinados por la marca “Jabón Federal” y en el exitoso “Ronda de Ases”, un popular segmento que se transmitía por El Mundo.
Justamente, muy poco antes de su debut en radio El Mundo y durante una actuación en la confitería “La Sirena” de Mar del Plata, habría de definir para siempre, según sus propias palabras, algunas características de su estilo singular. “Era un lugar muy largo y muy angosto y el palco de la orquesta estaba ubicado en el medio –recordaba Castillo-. Todo el público que bailaba lo tenía pegado a mí y noté que la gente de uno y otro lado, alternadamente, se movía de acuerdo a las inflexiones de mi voz. Si yo hacía un stacatto la gente hacía cortes y quebradas. Y si hacía un ligado, aprovechaban para acercarse a la pareja. Entonces me dije a mi mismo: ‘¿Qué estoy buscando?...¡ésta es la papa!...¡Tenía que aprovechar eso, estirar la voz, que a fin de cuentas es lo que seguí haciendo toda mi vida…Palooooooooooma…….’”
Las cualidades de su voz y su impronta de intérprete novedoso de entonación perfecta, de fraseo desconocido, mas todo el despliegue escénico que supo inaugurar como una forma nueva de vínculo con el público, integraron una marca registrada que conquistó multitudes de adictos y levantó polvaredas de críticas.
Cantaba medio agachado, y entre sus clásicos ademanes llevaba el dorso de su mano derecha a la mejilla, “haciendo bocina”, agregándole al gesto otros guiños, movimientos y poses, que enloquecían a las hinchadas milongueras. Perfiles de un cantor diferente que, para algunos, coqueteaba peligrosamente con el ridículo. Decía el recordado periodista Jorge Gottling que “Ante todo, para definir a Alberto Castillo, hay que puntualizar que jamás pretendió ser el sucesor natural de Carlos Gardel, que no se pareció a Gardel y que, acaso, haya sido la antinomia de Gardel. O su complemento. Puesto que si Gardel fue la bocina parlante del compadrito de los años 20 y 30, Castillo cantó para otro prototipo de los 40: el carrero… Siempre al borde del ridículo, tuvo coraje, fe y personalidad como para no detenerse a averiguarlo, en la certeza de que ese tango,”su” tango, servía. Castillo paralizó varias veces a Buenos Aires. Cuando Palermo era un festín de taco y de carmín, obligó a cortar el tránsito en Santa Fe y Godoy Cruz, tal la aglomeración provocada por su debut en el legendario Palermo Palace. Desde aquel escenario acentuó sus gestos y desdeñó, para siempre, las imposiciones de la moda. Como contrafigura de lo aceptado socialmente, Castillo imponía la suya...”Canta como un carrero”, apunta alguien, sin advertir que estaba en presencia del otro codificador del tango-canción”.
En 1945 se casó con Ofelia Oneto, con quien tuvo tres hijos cuando ya convocaba legiones de fanáticos y era un fenómeno popular. Representaba el gusto de las masas de las barriadas humildes, de los jóvenes trabajadores de su época, en los años de aquel éxito convertido en himno de las barras milongueras:
“¿qué saben los pitucos, lamidos y shushetas?, / ¿qué saben lo que es tango?, ¿qué saben del compás?”. / Aquí está la elegancia. ¡Qué pinta! ¡Qué silueta! / ¡Qué porte! ¡Qué arrogancia! ¡Qué clase pa’ bailar!....
Y cuando alguna noche el cantor entonaba estos versos de “Así se baila el tango”, aprovechaba para lanzar una mirada irónica, que era el prólogo de una generalizada batahola entre las muchachada (Ver “Yo mamé el tango en la calle” en sección Testimonios)).
Durante su dilatada trayectoria Castillo grabó sucesivamente con las orquestas de Ricardo Tanturi, Emilio Balcarce, Enrique Alessio, Angel Condercuri, Osvaldo Requena, y Jorge Dragone, fuera de otros acompañamientos en espectáculos y en producciones cinematográficas, como cuando cantó acompañado por la orquesta de Pichuco en la película “El Tango vuelve a París”.
Balcarce recordaba que cuando fue convocado por el cantor quedó impresionado por el fervor popular que causaba en la gente: “Tocar con él fue una cosa de locos –decía Balcarce-. Castillo terminó de reafirmar el colorido porteño y popular del tango, y eso generaba una adhesión increíble en el público”.
Fue ídolo en los bailes, animador en los multitudinarios carnavales y en los clubes de barrio, después figura descollante en la radio y más tarde astro de cine, disciplina a la que se volcó en 1946, al debutar en la recordada “Adiós Pampa Mía”, del director Manuel Romero, una película que iba a multiplicar su fama en la Argentina y en el exterior.
Al fin, el camino artístico de este valor insustituible del tango canción fue transformándose en una seguidilla de glorias y triunfos. Calles cortadas por el gentío incondicional, adolescentes enamoradas y fieles seguidores por todas partes, eran cosa corriente.
En la pantalla grande impuso su personalidad de cantor distinto, su pinta, su dicción, su desenfado, obteniendo de arranque un triunfo categórico. En más de una docena de producciones compartió cartel con figuras como Amelita Vargas, María Esther Gamas, Virginia Luque, María Concepción César, Fidel Pintos, José Marrone, Horacio Delfino, y Alberto Vila.
A puro Candombe
Le cupo además el papel de gran difusor del candombe a partir de sus actuaciones con bailarines negros, uruguayos y argentinos, y la inclusión de coreografías candomberas en sus taquilleras películas.
El primero de los que llevó al disco fue “Charol” (de Osvaldo Sosa Cordero), un récord de ventas tanto en Buenos Aires como en Montevideo, y a éste le siguieron: “Siga el baile”, “Baile de los morenos”, “El cachivachero”, y “Candonga”, entre otros.
Alberto Castillo sentía tanta pasión por cantar que cantó hasta morir, y un vasto repertorio poblado de tangos, valses, milongas y candombes que grabó en sus mejores tiempos, es la prueba de su estatura de intérprete. Decía el poeta Julián Centeya que la de Castillo es "la voz que no se parece a ninguna otra voz. Es la de un artista que está en la historia de la lírica porteña"
Todavía hoy suena su voz en las milongas porteñas, y en cada barrio hay algún rastro de su huella.
Javier Salaberry
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